martes, enero 10, 2006

VIAJES;BANGKOK, EL ENCANTO DEL CAOS






Sus propios habitantes aseguran que la capital tailandesa es el caos hecho ciudad. Y no les falta razón. Su disparatado ajetreo, ese calor húmero que convierte sus calles en una extraña sauna al aire libre, el aparente desorden que le priva de un auténtico centro urbano, el perenne trajín de personas y ese cielo demasiadas veces empachado de nubes pueden llegar a asustar y, casi, a ahuyentar al viajero desprevenido que llega a Bangkok en busca simplemente de un exotismo placentero.
Sin embargo, basta no perder la cordura en este aparente disparate poblado de ojos rasgados para, con un poco de paciencia, descubrir una ciudad que no sólo no resulta agotadora, sino que incluso acaba siendo cautivadora. Como paso previo no está de más intentar pronunciar de carrerilla su nombre oficial, aquel que le puso el rey Rama I en 1782 cuando trasladó a ella la capital de su reino. No se asuste cuando vea dicho nombre y sus 43 caóticas sílabas de difícil pronunciación para un occidental: Krung Thep Mahanakhon Amon Rattanakosin Mahinthara Ayuthaya Mahadilok Phop Noppharat Ratchathani Burirom Udomratchaniwet Mahasathan Amon Piman Awatan Sathit Sakkathattiya Witsanukam Prasit. Recuerde que es sólo un ejercicio para empezar a entender esta sorprende urbe.
El siguiente paso es más sencillo. Pronuncie el nombre que habitualmente le asignan los thais: simplemente Krung Thep, ciudad de los ángeles. Un nombre hermoso al que, aún, no le encontrará sentido. Un poco de paciencia. Finalmente diga la palabra por la que la ciudad es conocida en todo el mundo: Bangkok. Si esta nomenclatura rotunda es capaz entonces de sugerirle algo más que el caos que le recibió al arribar, estará preparado para echarse en brazos de sus calles en continua agitación.
Lo primero es dejarse caer por el Chao Phraya, ese río chocolateado por el que no cesan de navegar veloces lanchas multicolores, barcos de surcar pausado, cruceros señoriales y abigarrados autobuses fluviales. Precisamente allí, en sus orillas, se yerguen los mejores hoteles de la ciudad, a muchos de los cuales las cinco estrellas se les quedan cortas por servicio, instalaciones y, por que no decirlo, altura. La mayoría está en un palmo de terreno. Mirándose unos frente a otros. Separados sólo por estrechas calles o por el propio río. Rivalizando en lujo.
Junto a ellos, se yerguen otras bestias arquitectónicas de múltiples fines institucionales y comerciales, donde las últimas tendencias de decoración y diseño son una constante. Curiosamente, a los pies de tanta modernidad se mantiene impasible la mejor tradición de la vida thai, aquella que casi impone que en cada esquina de ese populoso y sinsentido laberinto de calles que dibuja Bangkok haya un puesto de comida donde degustar por unos pocos baths unos tallarines, una ternera con verduras o una potente sopa picante. Sea la hora que sea. Sea el día que sea.
El trepidante ritmo que desprende estos omnipresentes y sencillos templos del paladar obliga a intentar hacer un alto en el estresante ritmo de la ciudad que poco a poco nos ha contagiado. Es el momento de lanzarse a descubrir la parte espiritual de la ciudad, aquella que dibujan los centenares de templos budistas con sus picudas y doradas cúpulas espaciadas por la inmensidad de Bangkok. Allí el reloj parece frenarse e, incluso, detenerse ayudado por el olor a incienso. Siempre llenos de fieles que dejan sus ofrendas de flor de loto, amarillentas velas y pan de oro entre silenciosos rezos, algunos son los monumentos más importantes de la capital de la antigua Siam.
El principal, sin duda, es el Gran Palacio de Wat Phra Kaeo, mitad residencia real, mitad recinto sagrado, donde ha encontrado cobijo, entre figuras doradas y mitos tailandeses, la histórica imagen del Buda Esmeralda. No muy lejos se encuentra la impresionante mole del Buda Yacente, cuyos 46 metros de altura han encontrado acomodo en el Wat Po, un templo más humilde repleto de monjes de cabeza rapada y túnicas azafranadas que parecen levitar en lugar de caminar.
Precisamente en el Wat Po es donde se encuentra el mejor lugar para recibir un auténtico masaje tailandés. Un sencillo espacio donde dejarse hacer en manos de livianas jóvenes que manejan sus dedos con fuerza para colocar cada uno de los huesos y músculos en su sitio... a costa, eso sí, de ciertas dosis de inevitable dolor. Un humilde rincón dominado por el olor a hierbas medicinales y por el ruidoso acompañamiento de viejos ventiladores que hacen mecerse de modo anárquico -cómo si no- las cortinillas de bambú que brindan escasa intimidad a los masajeados ante la curiosidad externa.
Tras disfrutar -o sufrir- una sesión de este arte tailandés, tal vez sea el momento de abandonar el lado espiritual de Bangkok y lanzarse a la vorágine de las compras. La capital tailandesa es, de hecho, un paraíso para ello. Hay mercados para todos los gustos y bolsillos. Desde el típico Pat Pong, agobiado por el insistente mercado del sexo que le rodea, a los lujosos centros comerciales de Siam Square, sin olvidar el nuevo mercado nocturno y el que es, sin duda, el más encantador lugar de compras de la ciudad: el Khao San, lugar de encuentro de los mochileros, que aquí encontraban todo lo necesario para continuar su deambular por el sudeste asiático.
Uno está a punto de reconciliarse con la capital tailandesa, pero aún falto algo, un último empujón. Y ese algo se encuentra en la noche. Cuando el sol se oculta, la ciudad se ilumina entonces con miles de luces insomnes. Es el momento de descubrir el canalla espectáculo callejero del Pat Pong o ascender a lo más fashion de la ciudad: el Bar Sirocco, situado al aire libre en la última planta del State Tower: 67 pisos de altura. Desde allá arriba es imposible no reconciliarse definitivamente con esta urbe caótica. ¿Se atreve ahora a dedicarle 20 segundos a pronunciar el nombre original de Bangkok? Qué pérdida de tiempo cuando tiene a sus pies esta Ciudad de los Ángeles por descubrir.OSCAR LOPEZ FONSECA mi amigo viajero

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